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Soy una persona muy cabezona, que defiende sus ideas aunque sepa que no son las correctas, llamemos a esto también orgullo, del que me sobra mucho. Como a cualquiera no me gusta errar, pero muchas veces no puedo evitarlo, mi orgullo pesa demasiado, y quedar por debajo de otra persona a la que considero inferior… he de decir que este comportamiento ha ido disminuyendo a lo largo de los años, para ser acompañado, muy a mi pesar, por la extraña sensación que tengo de que todo el mundo me considera tonta: Rebeca dice una cosa, todo el mundo se ríe. Bien, reconozco que soy graciosa, incluso me puedo catalogar como “la payasa de la clase”, pero cuando hablo enserio hablo enserio, y entonces de tanto hacer el payaso la gente se echa a reír cuando en realidad estoy aportando algo, y es ahí cuando me enfurezco, dejando escapar a “devil Rebeca” para aniquilar a todo aquel que se ha reído con mi súper rayo de voz ultrasónica. Me relajo después, disculpándome con quién creo que lo merece, pero me digo:- Si no lo hicieses, evitarías este último paso- y me rasco la cabeza.

Tengo otro grave problema, fácilmente solucionable, pero que existe y me incordia: no soporto la soledad. No hay mucho que explicar, la frase lo dice todo. Necesito siempre de alguien, cercano a mí para continuar. Pocas veces quiero estar sola, aunque esos momentos empiezan a aumentar, dejando que crea que necesito pensar, y muchas veces eso no me gusta.

Volviendo a mi leyenda personal, os contaré como decidí cual era la que iba a perseguir. Un día en el instituto, nos dieron una charla sobre violencia de género, en la que nos contaron casos reales y nos enseñaron algunos de los métodos que la asociación (ADAVAS) empleaba con las mujeres que habían sufrido algún tipo de maltrato, principalmente por manos de sus parejas. La charla no duró más de dos horas, pero fue entonces cuando yo decidí que tenía que ayudar a esas mujeres. Pudiendo, esperaba, de esa forma entender lo que pasaba por sus cabezas, el porqué de seguir aguantando a una persona que te rebaja día a día… quería descubrir todo sobre ellas, meterme en sus cabezas, en sus corazones; en su piel.

Fueron pasando los años y mi idea seguía ahí, se había hecho ya un hueco en mi mente, construyéndose un pequeño cajón con el nombre de “Esperanza” que permanecía abierto, esperando que llegara su momento para comenzar a llenarse de mil historias en las que yo sería participante, y no uno cualquiera, si no aquel que ayudo a una mujer a salir adelante, a ver la vida de otra forma, a entender que ella vale más que el hombre que dice quererla.

Seguí estudiando, ya que en eso se basa la vida desde que naces hasta que encuentras un trabajo. Me distraía mucho, seguía leyendo libros, mientras tenía que estar estudiando para el examen del día siguiente, seguía pensando en chicos, seguía, como se suele decir común mente, distrayéndome con una mosca, hasta que encontré una pequeña cosa en la que destacar, sutilmente, que había estado allí durante mucho tiempo, luciendo débilmente sobre algún tramo de papel que contenía una pequeña historia sobre juguetes que me habían mandado escribir en el internado. Comencé a escribir, a escribir una novela, una novela erótica, pero que no solo se centraba en eso, iba más allá, tanto que se mezclaba con mi leyenda personal, sin quererlo, porque no me di cuenta hasta tiempo después. La protagonista es una mujer que se enamora de un alumno, teniendo está marido e hijos. Pero la cosa no acaba ahí, la mujer sufrió malos tratos a manos de su marido, y aunque este parecía que se había rehabilitado, volvía a las andadas, aunque con un detalle con el que no contaba; ella ahora estaba enamorada y contaba con la ayuda incondicional de su nueva pareja.

La historia la escribí a mano, sobre un cuaderno rojo, que se llenaba rápidamente durante las clases de matemáticas, historia, inglés… fui dejando que algunas de mis compañeras y amigas leyeran lo que estaba escribiendo, llevándome así una alegría al descubrir que les gustaba. Continué con ello, dejando que ocupara mi tiempo, que se mezclaba con el estudio y con la incansable necesidad de leer.

Lo dejé un poco apartado un par de años, centrándome por fin en algo que me gustaba, pero que no me llenaba por completo. Nunca había deseado hacer una carrera universitaria, desechando la idea porque conlleva esperar más para tener un trabajo, pero después de hacer las prácticas de Educadora Infantil, supe que no era lo mío, así que decidí estudiar Educación Social. Y por fin me puse de lado del universo y este a mi favor, y el destino con nosotros, escribiendo mientras dibujaba mi nueva andadura hasta mi leyenda personal.

 

 

Ahora camino despacio, pero asegurando mis pasos, hacía lo que será por fin el final de mi meta. Cuento con la ayuda incansable de mi familia (mi encantadora hermana sobre todo) y de mi novio, y también con la de alguna amiga, de las que pienso quedan pocas a encontrar después de los 20 años. Hablo como si tuviese 100 años, pero es que a veces te das cuenta de ello sin necesidad de convertirte en mayor. Me he hecho un blog,  en el que escribo nuevas historias sobre hombres y mujeres que se enamoran sin saberlo, disfrutando de todo lo que les proporciona el sexo mientras luchan con sus fantasmas del pasado y del presente. Espero publicar algo algún día, y que la gente que me lea consiga extraer de la historia la verdadera esencia de esta. Pero sobre todo lo que espero y sé que voy a llegar a conseguir es ayudar a esas mujeres que no hacen nada para merecer lo que les pasa pero que hacen menos por intentar salir adelante.

Rebeca

Hola mis lectores/as! Aquí os dejo la primera parte de dos de un pequeño diario que he escrito. Lo he creado en torno a “mi leyenda personal”(El Alquimista). Espero que os guste y comentéis. Un beso!

 

¿Cuál es tu leyenda personal? Me dije a mi misma mientras posaba el libro de “El Alquimista”, de Pablo Coelho, sobre el césped del patio de casa. Las leyendas personales en esta sociedad giran en torno a las profesiones, o eso pensaba yo, y más cuando me puse a pensar en cuantas había tenido y cuales habían sido a lo largo de mi vida hasta este momento, en el que por fin había encontrado la verdadera. Me tumbe sobre el césped y cerré los ojos, el sol se posaba sobre todo mi cuerpo y se lo agradecí enormemente, ya que hacía frío, aunque decían que la primavera ya había llegado.

-Llegará cuando quiera ¿Verdad?- dije abriendo los ojos para mirar a una pequeña flor que empezaba a aparecer entre la hierba. Extendí la mano y la toqué con cuidado para no romperla, era una margarita, me encantan las margaritas.

Volví a mi posición anterior y retrocedí en mi mente hasta los recuerdos de hace 10 años. Yo era una cosa pequeñita y rubia, que había escogido ir a un colegio de monjas a “estudiar” y lo pongo entre comillas porque la verdad que eso fue lo que menos hice. Mi leyenda personal en ese momento era ser modelo, si, era una profesión, ya que como he dicho antes opino que la gran mayoría de la gente cree que la felicidad está ligada a la profesión que escoja, y aunque eso es algo que actúa sobre ella, no es ni por mucho la más importante. Volviendo a mí, diré que aunque me apetecía ser modelo, ahora me doy cuenta de que no hubiese sido feliz con ello, además de que siendo realistas (y esto ya lo sabía hace 10 años) soy bajita para recorrer una pasarela, ya que según las reglas marcadas por la sociedad tienes que medir tres metros y medio, vale, es una exageración, pero tampoco me alejo mucho.

El hecho es que obviamente ese no era mi destino, ya que el universo no estaba conspirando a mi favor para que yo lo consiguiese, si bien también necesita ser ayudado, y a decir verdad… yo poco puse de mi parte. No llegué en ningún momento a la zona de aprendizaje, por no hablar ya de la de pánico. Por el contrario me quede en mi zona de confort, por lo que tampoco logré ningún tipo de avance. Pero ahora me doy cuenta de que no hubiese sido lo correcto, así que me alegro de haber desistido de la idea.

Por aquel entonces yo era una cabeza loca, aunque ahora lo sigo siendo pero no al mismo nivel. Me pasaba el tiempo leyendo libros, aunque a veces en las horas de estudio comunes tenía que esconderlos, ya que las monjas me decían que tenía que estudiar ¿Pero por qué, si no me apetece? Les decía yo, y me amenazaban con quitarme el libro, el que escondía inmediatamente. Menos mal que no los cogieron, porque si hubiesen leído alguno de ellos les hubiese dado un soponcio. Seguro que os imagináis a las típicas monjas vestidas con su atuendo característico de negro con toques de blanco, pues no, estás no lo llevaban, bueno miento, había una que sí, pero apenas salía de su zona de confort (que se limitaba a la zona de la estancia de las monjas), por lo que no se arriesgaba a que la vieran los demás, evitando de esta forma caer presa de la moda (jejejejeje). Ahora que lo pienso ¿Cuántas como ella habría allí dentro? Agité la cabeza sacando todas las imágenes sin sentido que se agolpaban en ella.

El caso es que cuando me quitaban el libro solo podía hacer dos cosas, o estudiar o mandarme papelitos con las demás compañeras; escogía como supondréis la segunda opción.

Fue la época de mi vida que más copias hice. Que si copia 100 veces “no molestaré a mis compañeras mientras estudian”, que si 50 “la hora de estudio es para estudiar, no para jugar” y así infinidad de cosas. En ningún momento llegué a pensar que era un pequeño eslabón perdido dentro de esa confortable sociedad, porque me bastaba con mirar a mí alrededor y descubrir que las que eran mis amigas estaban haciendo exactamente lo mismo que yo; copiar.

Después de tres años allí, ampliando mi zona de confort en cuanto a personas y lugares conocidos, mis padres y yo decidimos que era hora de irme, que tendría que marcharme de allí si quería aprobar algún día. Yo estaba de acuerdo con ellos, así que después de llorar durante días, por la pena que me daba dejar a las que habían sido mis confidentes durante tres años, como también a algún chico que me rondaba la cabeza, salí del internado para meterme en un instituto, al que yo llame siempre “la cárcel”.

Después de volar sobre lo que creía que era otra leyenda personal, que resultó ser que me apetecía ser arquitecto, idea que se borró pronto de mi mente, apareció por esta época la verdadera, la que iba a guiar, junto con otros motivos, muy poco a poco mi vida.

La locura de mi cabeza no iba disminuyendo, aunque creo que era lo más normalito para comenzar la adolescencia. Era y soy una persona extrovertida, amigable y sobre todo sincera, pero difícil, muy difícil de entender. Tengo unos ideales muy comunes; quiero ser madre, tener por lo menos tres hijos/as y educarlos de tal forma que le den valor a todas las cosas, pero más aún a las insignificantes, ya que son las que manejan nuestra vida. No he crecido con lujos, y lo agradezco enormemente, por lo que ellos tampoco lo harán. Con esto no quiero decir que vivamos en la miseria, pero hay que saber ser humilde. Me gustaría haber aprendido más sobre algunos temas determinados, y sé que puedo hacerlo por mi cuenta, pero creo que deberían plantearse el hecho de que en el instituto no nos enseñan nada que no hayan aprendido ya nuestros familiares más ancianos, exceptuando la historia más próxima, por eso creo que sería vital que mostrasen todos los valores de la vida, al menos en una asignatura, ayudando a encauzar de esta forma a muchos de los jóvenes que ahora se están desencaminando. Volviendo a mí, diré también que soy alegre y positiva, aunque no siempre lo fui: en bachillerato sobre todo, donde no había forma de aprobar, aunque siempre diré que nunca me interesó lo que los profesores me contaban, exceptuando a alguno que, destacando sobre los demás, se preparaba las clases. Tengo defectos, obviamente nadie es perfecto, aunque pensemos las mujeres que hay hombres que si lo son, esa ilusión desaparece cuando descubrirnos, entre otras muchas cosas, que no son capaces de hacer dos cosas a la vez…