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Parte final: Judit 2X1

Publicado: junio 5, 2013 en RELATOS CORTOS
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La posibilidad de compartir mi cuerpo con dos hombres a la vez me resultaba fascinante. Había visto multitud de escenas eróticas en las que una mujer se tira en la cama cerrando los ojos, a la espera que sus dos amantes hagan con ella lo que quieran. Me había parecido una idea atrevida y difícil de poner en práctica. Sabía que la mayoría de los hombres se declinan por la idea de que sean dos mujeres quienes rocen su cuerpo, y he de decir que estaría muy por la labor si se me presentase la oportunidad. Las mujeres sabrían donde y como tocarte mucho mejor que un hombre, con el añadido de que ellas tienen tetas y eso es un gran punto a favor. Esa oportunidad quizás no se me presentase, así que por el momento disfrutaría de la que tenía delante de mí; o al menos eso pensaba y esperaba yo. No sabía cómo empezar, como insinuarme para que comprendieran que quería a los dos sobre mí. Ellos estaban sentados en el sofá, con una separación de un hueco, perfecto para mi trasero.

Entré en el salón y caminé hacia ellos, con el dedo índice sobre mis labios, indicándoles que no dijeran nada. Movía mis caderas exageradamente, observando cómo las miradas de ambos recorrían mi cuerpo durante unos segundos para luego mirarse entre ellos, confusos por mi actitud.

Me senté entre ellos y cogí la mano del amigo de Jonathan, que puse sobre uno de mis pechos. Después me acerqué a la boca de mi primer objetivo y lo besé. Los primeros segundos ninguno de los dos reaccionó, pero después ambos se entregaron a mí. No les vi la cara, ya que yo mantenía los ojos cerrados, pero estaba segura de que se habían mirado, pensando que debían hacer, si continuar o levantarse e irse mientras decían por lo bajo multitud de palabras para describir mi actitud. Seguramente uno de los dos había levantado los hombros para dejarlos caer al instante y había dirigido la mirada hacía mi, para comenzar a acariciarme o besarme.

El amigo de Jonathan, que después descubrí que se llamaba Edu, me acarició los pechos con fuerza, introduciendo su mano por mi escote y accediendo con rapidez a mis pezones. Me los apresó entre sus dedos, pellizcándolos. Una pequeña queja salió de mis labios, y este flojo la presión. Mientras tanto Jonathan me besaba con ansia, jugando con mi lengua y acariciándome la cintura a la vez que me levantaba poco a poco la camiseta. Como si se leyeran el pensamiento, tirando cada uno de un lado de esta hacia arriba me dejaron solo con el sujetador. Eduardo se lanzó a mi cuello, mientras Jonathan me repasaba los pechos, que había sacado por encima del sujetador, con su cálida lengua, haciendo que los pezones se me endurecieran aún más. Me rozaban todo el cuerpo con sus manos, mientras yo dejaba caer la cabeza hacia atrás, dejándome llevar hasta donde ellos quisieran. Estaba empezando a sentirme incómoda en esa postura, así que me levanté agarrando a los dos por las manos y los llevé a una habitación. Me senté en el borde de la cama, separando las piernas levemente, invitando a uno de los dos. Jonathan se colocó a mi espalda y Edu se arrodilló frente a mí.

La parte de arriba de mi cuerpo ya no la cubría nada, excepto las manos de Jonathan, que escondían mis pechos. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y él me acariciaba el cuello con sus magníficos labios, que desde hacía tanto tiempo deseaba besar. Giré la cabeza y le sonreí con lujuria, proponiéndome en silencio que me besara; lo entendió al instante.

Edu me había quitado ya los pantalones, y me rozaba el interior de las piernas con sus dedos, que se acercaban peligrosos a mi vulva.

Las caricias de ambos hacían que la humedad aumentara en mí a cada segundo, haciendo que ansiara cada vez más que alguno de los dos tocara el centro de mi placer. Me di cuenta de que yo tenía las manos paradas, y que me apetecía enormemente tocar sus miembros, sentirlos entre mis manos y porque no también en mi boca. Me puse de pie, haciendo que Edu me imitara, y entonces le desabroché el pantalón, mirándolo con excitación para acercarme a su boca y morderle el labios inferior. Le bajé los pantalones junto con el bóxer y me agaché para sacárselos por los pies. Mi cabeza acabó entonces justo enfrente de su enorme pene, el cuál apuntaba directamente a mi boca.

-El destino es muy caprichoso- pensé mientras sacaba la lengua para dar un buen lametazo a el miembro de Edu.

Me giré entonces, para darme cuenta de que Jonathan nos estaba mirando mientras se tocaba el pene en el interior de su bóxer. Metí mi mano y saqué la suya. Toqué su miembro y lo moví varias veces arriba y abajo, sacándolo de esta forma poco a poco de su envoltorio.

Edu me acariciaba el trasero, desnudo totalmente, excepto por el pequeño tanga de hilo, que mantenía oculto, muy a mi pesar, el pequeño centro de mi placer. Me propinó un pequeño azote que me enloqueció más de lo que qué hubiese pensado nunca. Lo miré por encima de los hombros y le demostré con una sonrisa cuanto me había gustado. Entonces él, contento con el resultado tiró de la pequeña tira de mi tanga y la rompió, dejándome así, desnuda ante los dos.

Me arrodille sobre la cama, dejando las rodillas en el borde de esta, y apoyé las manos sobre él edredón. Edu estaba detrás de mí, avanzando peligroso hacia mi vulva. Se había apoyado sobre mi trasero, el cuál besaba, chupaba y mordía a intervalos. Jonathan esta frente a mí, con su miembro en la mano, el cuál agitaba con rapidez muy cerca de mi boca. Solté un gemido cuando Edu tocó mi vulva y comenzó a acariciarla. Los ojos se me habían cerrado a causa del placer que me estaba proporcionando Edu. Era evidente que a Jonathan le gustaba más mirar, no me importó, me excitaba ver su cara de placer; como se mordía el labio, como se contenía para no acabar…

El placer inundó mis sentidos y me dejé hacer. Los dos hombres jugaban con mi cuerpo como querían, ambos tenían el preservativo cubriendo su miembro, aunque no sabía ni cómo ni cuándo se lo habían colocado. Edu se movió rápido, dándome la vuelta para dejarme tumbada en la cama, con la espalda apoyada en esta. Mis piernas colgaban cerca del suelo, pero sin llegar a tocarlo.

-Judit…- dijo Edu mirándome desde arriba, rompiendo el silencio que había alargado desde que yo entre en el salón-mírame.

Lo obedecí al instante, abriendo los ojos para clavar mi mirada en él. Me sonrió, complacido por mi actitud y me penetró con fuerza. Se mantuvo quieto dentro de mí durante un rato, para después comenzar a envestirme con rapidez. Jonathan me cogió la mano y la colocó sobre su pene, el cuál empecé a acariciar con el ritmo de mi cuerpo. Se colocó a un lado, teniendo acceso desde esa posición a mi vulva. Tocaba mi clítoris con agilidad, llevando a un exquisito placer que nunca antes había sentido.

Edu me agarró las caderas y yo las levanté instintivamente, para recibir más profundamente su pene. Bajé la velocidad de mi mano, no podía concentrarme en nada más, las sensaciones que ambos estaban provocando en mi cuerpo eran incontrolables. No podía aguantar ni un segundo más, así que después de que Jonathan me agarró la mano para ayudarme a acabar con él, yo solté una serie de gemidos que anunciaron mi explosión, a la cual se unió Edu y por último Jonathan.

 

Un fuerte ruido hizo que me asustara, era una llave entrando en una cerradura. Me había dormido y había tenido el mejor sueño de mi vida.

Escuché como el chico al que esperaba sorprender invitaba a alguien a que pasara dentro. Era otro chico, que esta vez sí reconocí por la voz, la acaba de escuchar en el sueño. Esperé un rato y salí de debajo de la cama: la historia volvía a empezar, pero esta vez era real.

1ª parte: Judit

Publicado: junio 3, 2013 en RELATOS CORTOS

Sensaciones extrañas recorrían mi cuerpo mientras esperaba, escondida debajo de su cama, que él entrara en la habitación; o al menos que llegara a casa. El silencio y la amenazante oscuridad estaban empezando a asustarme. Es bien conocido por todos que los monstruos se esconden debajo de la cama o en el armario, pero esta vez seguro que se encontraban fuera, porque allí no había ninguno…

Miré el reloj y descubrí que ya habían pasado quince minutos desde había decidió que él estaría a punto de llegar. Seguramente se llevaría un susto de muerte, pero no importaba nada si después podía disfrutar de su compañía. En realidad no sabía muy bien porque estaba allí, pero sabía que no podía esperar mucho más para decirle lo que sentía. La amistad es peligrosa cuando borra caprichosa esa fina línea, marcada muchas veces con tiza de colores, dejándole que juegue cerca, muy cerca de ella, pero sin tocarla, acercándose peligrosa al escondido deseo que hay en todas las personas. Hay otras ocasiones en que esa línea está marcada con rotulador permanente, siendo más difícil y prohibido el acceso a esta, pero por consiguiente irradiando muchas más tentaciones que él anterior. Mi caso era el primero; al menos en mi meta lucia vacilante una bonita línea de colores de tiza ¿Pero la suya? ¿Qué tipo de goma debía utilizar para borrarla y lograr cruzarla? No tenía ni idea, aunque esperaba que fuese un reflejo de la mía.

Estaba emocionada, aunque a decir verdad no tenía pensado como iba a acercarme, ni si quiera como lo iba a hacer… sobre la marcha será mejor, nunca se sabe; quizás sea él quien decida usar la goma primero.

El tonteo era algo más que común en nosotros: sonrisas que hacían pareja con miradas, roces y caricias que parecían “sin querer” pero que eran claramente premeditadas, piropos normales pero que acompañados con el tono de voz decían mucho más que una larga frase… y así infinidad de cosas que destacar. Pensaréis que son actitudes que se pueden tener con cualquier amigo, y obviamente tenéis razón. Pero yo vivo en un mundo creado por mí, alejado de cualquier regla social, en el que me apasiono con él más mínimo gesto y en el que me cuesta desilusionarme. Creo que soy atractiva y que destaco por mis bonitos ojos… y porque no decirlo, por mis pechos de un tamaño tirando a grande.

Oí un ruido y me alejé del  borde, no quería correr el riesgo de que me viera. Metió la llave en la cerradura, la giró y entró dentro.

Escuché como invitaba a alguien a que pasara dentro. Era otro chico, no lo reconocí por la voz. Jonathan, el chico que esperaba besar hoy, dijo hola en alto ¿Esperaba que yo estuviese en casa? Noté que estaba más nerviosa de lo que hubiese imaginado, aunque siempre podía darle un pequeño susto y dejar la historia así, como una anécdota divertida… no no, de hoy no pasaba que le dijera cuanto me gustaba. Esperaba que su invitado no durase mucho en irse, si no tendría que abortar misión, me estaba quedando helada.

-¿Qué tal vas con esa chica?- dijo el invitado.

¿Chica? O no… ya tenía una, sería mejor que saliera ya de allí, no quería seguir escuchando.

-¿Te refieres a Judit?- avanzó hasta el salón- Pues… tengo unas ganas tremendas de decirlo lo que quiero hacerle.

O Dios mío Jonathan, si lo hubiese sabido antes este año habría sido maravilloso. Ojalá tu amigo se valla ya, porque si no tendré que salir de aquí y echarlo a patadas.

-¿Y a qué esperas?

Eso mismo estaba pensando yo.

-Sé que a ti también te gusta un poco y no quería…

¿Qué también le gusto? ¿Quién será ese chico? Correré el riesgo de que me pillen, pero tengo que averiguarlo…

Salí de debajo la cama muy despacio, mientras los escuchaba hablar de mí: estaban describiéndome, hablaban de mi cara y de mis pechos, decían de estos últimos que les encantaría verlos. Avancé lento hasta un punto del pasillo que me permitiera ver lo que había en el salón sin ser vista. Estiré la cabeza y me quedé maravillada al descubrir quién era el otro chico; era Edu, el amigo más bueno de todos los que tenía Jonathan…

Maldita sea ¿Qué iba a hacer ahora? No volví a mi sitio, me quedé mirándolos mientras por mi mente viajaba veloz una idea que se instaló con rapidez en el centro de mi placer.

-Ojalá estos dos chicos estén abiertos a todo tipo de experiencias…- pensaba mientras mi colocaba la camiseta para que se viesen más mis pechos y caminaba hasta el salón.

Hoy no llevaba su bonito sombrero marrón oscuro, así que por fin pude descubrir el embrujado color azul de sus ojos. Me quedé un rato admirándolos, descifrando en ellos felicidad, sentimiento que yo necesitaba aplicar a mi vida.

-Hola- se sentó a mi lado- me llamo Rubén- extendió su mano y yo se la cogí.

-Encantada. Rubén- cogí su mano y me acerqué a su cara- Soy Isabel- le di dos besos lentos en cada mejilla.

El roce de su barba de dos días esparcida por su cara me hizo cosquillas. Quizás había dedicado demasiado tiempo a darle dos besos, porque se había quedado callado. Quizás fuese mejor así, unos segundos para volver a llevar mi mente al lugar donde estaba mi cuerpo, ya que esta ahora estaba feliz en la cama de una habitación desconocida, con Rubén a mi lado, dejando que su barba rozara mis pezones… ¿Qué me está pasando? Me ruboricé sin saber muy bien por qué.

-¿Has pensando en un final para “nuestro libro”?- lo cogió, dejando que nuestros dedos se rozaran unos segundos y me miró, esperando mi respuesta.

-La verdad es que se me han ocurrido varios…- dije mientras pensaba como le había llamado al libro ¿Maldito destino? ¿Porqué creeré tanto en él?- pero dime ¿Se te ocurre a ti alguno?- me mordí el labios sin saber por qué.

La atracción es algo tan natural como respirar, eso lo sabía, lo que ocurre es que hay muy pocas ocasiones en las aparezca de la forma en la que la estoy sintiendo ahora. Tan solo nos habíamos tocado dos veces, pero yo ya sentía como aumentaba el calor en todo mi cuerpo. Era otoño y las nubes del cielo oscurecían la ciudad, avisándonos de que quizás hoy decidieran mojarnos un poco. Por mi podían estar días sin parar, no pensaba moverme de allí hasta que el hombre que estaba sentado a mi lado no decidiese levantarse para, bien irse solo o para llevarme con él donde él eligiese. De repente sentí un poco de miedo; no conocía absolutamente nada de ese hombre, tan solo su nombre y su gusto por la lectura, aunque quizás eso no fuese cierto, utilizándolo solo como un pretexto, muy suculento todo hay que decirlo, para acercarse a mí. No me importa, pensé mientras lo miraba, iba a correr el riesgo, iba a avanzar, iba a dejar de planear mi vida. Dejaría que fuesen los impulsos quienes me guiaran esa tarde.

-La verdad es qué si- se acercó un poco, salvando los pocos centímetros por los que estaban separadas nuestras rodillas- ¿Te apetece saber cuál es?- me miró divertido.

-Me encantaría- le contesté añadiendo la mejor de mis sonrisas.

-De acuerdo, pero antes debes escoger- me entregó el libro- el “final alternativo” empieza en la página 133, puedes leerlo…- se acercó un poco más, poniendo una de sus manos sobre la mía que sostenía el libro. Lo entendí como una pequeña invitación a que no lo abriese- o dejar que sea yo quién te lo cuente.

Movió sus dedos sobre los míos un instante y luego se detuvo. Bajó la cabeza, supuse que escondiendo sus preciosas mejillas, que se habían coloreado de un encantador rojo suave. Puse la mano sobre su hombro.

-Cuéntamelo Rubén- me miró, reaccionando a mi voz y mí contacto- quiero conocer el final de “nuestro libro”.

-Prepárate entonces Isabel- noté como la emoción se apoderó de su cuerpo- porque no solo lo escucharás, también lo vivirás-me cogió de las manos- guarda el libro, no lo necesitaremos…

Obedecí al instante, entusiasmada por la idea de vivir la historia.

-¿Estás lista?- se levantó y me arrastro con él.

-Si- asentí a la vez.

-De acuerdo, entonces es hora de que te olvides dónde estamos. Cierra los ojos y no los habrás hasta que yo te diga.

Me soltó una mano y se colocó a mi lado derecho, pasándome el brazo por la cintura.

-Imagina que estamos solos en este lugar- me susurró al oído, poniéndome los pelos de punta- confías en mí, te dejas llevar por mi- comenzamos a caminar, despacio hacia delante- no temes nada a mi lado, te enfrentarás a cualquier peligro si yo estoy contigo…

Nos paramos de repente, y el quitó el brazo de mi cintura, pero no me soltó la mano. Noté como se agachaba y bajaba por mi pierna, acariciándola despacio hasta llegar a mi pie, que levantó y adelantó un poco, para luego bajarlo. Supe entonces que habíamos subido un pequeño escalón.

-Estamos entrando en una bonita habitación, en la que hay varias columnas de mármol- me cogió de nuevo por la cintura y empezamos otra vez a andar- caminamos hacia ellas.

Andábamos despacio, mientras sus dedos me hacían cosquillas en la palma de mi mano, y su brazo había bajado ya esta colocarse justo encima de mi trasero.

Nos paramos de nuevo y él se alejó de mí, pero sin soltarme la mano. No sabía dónde estaba, si a mí derecha a mi izquierda, delante o detrás de mí… apreté su mano con más fuerza, asegurándome de que estaba allí, y diciéndole en silencio que se acercara, que necesitaba su contacto.

-No te impacientes Isabel- dijo sobre mis labios- no habrás los ojos aún…- los acarició con suavidad.

Se pegó a mí completamente y dio un paso hacia delante, haciendo que yo retrocediera. Me choqué contra una de las columnas de la habitación, que supe enseguida que era uno de los árboles del parque. Se separó de nuevo, dejando que solo su mano sobre mi cadera nos mantuviera unidos.

-Imagina que hay un espejo frente a ti, un gran espejo con un bonito marco de color broce…

Me sopló el cuello y luego me besó, pillándome desprevenida. Me rendí al encantador contacto y busqué con mis manos el cuerpo de Rubén.

-No te impacientes preciosa- me cogió los brazos y me los soltó, dejando que cayesen uno a cada lado de mi cuerpo.

Me separó las piernas un poco y se acercó a mí, colocando una de sus rodillas sobre mí entre piernas, apretándola un poco.

-¿Qué ves en el espejo?- dijo sobre mis labios.

-A una mujer semidesnuda, atada a una columna de mármol en su habitación, mientras un hombre extremadamente atractivo la tortura sexualmente…

Se apretó a mí, metiendo su mano entre los dos y rozándome un pecho. Un pequeño gemido se escapó de mis labios.

-Abre los ojos preciosa.

Lo hice antes de qué el acabara la frase. Lo miré con fuerza. Sabía que mi mirada estaba llena de lujuria, de pasión y desenfreno.

-Ahora estoy atrapado Isabel- dijo sin moverse- no sé como continuar…- me cogió las manos y las puso en su cintura- dime qué debo de hacer.

Me repasé el labio con la lengua y lo miré picaresca.

-Bésame Rubén- me acerqué hasta rozar sus labios- tu me has enseñado el final de “Nuestro primer libro”, yo te enseñaré el principio del segundo…

Y me besó mientras sonreía, sabiendo los dos que “nuestros libros” serían infinitos.banco acompañada

banco solaHabía quedado con él en ese banco. El banco en el que me sentaba cada tarde, al menos durante una hora, a leer un libro. En ocasiones la mirada se me iba hacia los lados, sobre todo al escuchar la risa de alguna mujer, que alegre, jugaba con su hijo o hija, contaba una historia graciosa a alguna amiga o miraba embobada la cara de su enamorado, que le había echado un piropo, que seguro no era válido para la mayoría de los oídos que se encontraban en ese parque. Hace un mes hubiese sentido envidia, pero ahora las cosas había cambiado completamente. Él me había mirado, se había acercado a mí y me había entregado una hoja, una hoja del libro que yo estaba leyendo. Me sonrió y se fue. Me quedé mirando cómo se alejaba de mí, para después mirar el pequeño papel que ese desconocido me había entregado.  Era la escena en la que los protagonistas se conocían. Él hombre había repasado con un rotulador rojo algunas palabras salteadas, que en un principio no tenían ningún significado, pero que las leías por columnas lo tenían. Me describía con bonitas palabras, escogidas estratégicamente, ya que todas provenían del pensamiento del protagonista, que tanto me gustaba. Lo releí una y otra vez, de mil formas diferentes, intentando buscar nuevas frases que tuvieran significado, pero no encontré nada más. No importaba, era suficiente con saber que al día siguiente ocurría lo mismo, o al menos eso ponía la ocurrente nota. Y así habían pasado los días. En el pequeño comodín de color blanco que tenía en mi habitación, se amontonaban ya 26 notas diferentes, que viajaban por el mundo creado del libro, rozando el amor con cada una de ellas, más sugerentes a medida que iban acercándose al final, con las palabras perfectas para hacerme sentir deseada, para hacer que me sintiera la protagonista de una historia que el escritor iba modelando como quería, utilizándome en su imaginación a su antojo. Me sentía como una pequeña marioneta que tenía que esperar el próximo movimiento de su dueño para actuar durante al menos la hora que dedicaba a estar en “mi banco”, leyendo el que ya era “nuestro libro”. El último día el mensaje se había parado en el momento exacto en el que la pareja se estaba besando con ansia, demostrándose la necesidad que tenía el uno del otro. Las puse todas sobre la cama, colocándolas por orden y me di cuenta de que en todas había una palabra subrayada de diferente forma, las junte todas y descubrí un mensaje que me aceleró el corazón desde la primera palabra hasta el punto final. El contenido decía: “No busques respuestas, solo vive lo que está por llegar. Crea una nueva historia, inventemos un final para nuestro libro. Espérame donde te conocí” R.M

Me dejé caer sobre la cama, cerrando los ojos y dejando que mi mente se llenará de cantidad de palabras escritas en rojo, que se amontonaban formando una bonita escena de dos amantes besándose en un banco de un precioso parque.

Ahora estaba allí, mirando las dos páginas del libro que tenía ante mis ojos. No estaba leyéndolo, tan solo estaba intentado imaginar cuales serían las palabras que escogería R.M para dedicarme en su próximo mensaje. Cerré el libro. No iba a necesitar leerlas, iba a escucharlas con su voz en tan solo unos segundos…

UN DÍA CUALQUIERA

Publicado: abril 18, 2013 en RELATOS CORTOS

Me levanté de la cama a toda velocidad. Aunque el despertador había sonado hacía ya treinta minutos, había estado retrasando el momento de salir del calor de las sábanas durante demasiado tiempo. Me acerqué al espejo mientras me estiraba. Me encantaba estirarme, subir los brazos mientras tiraba la cabeza hacia atrás. Estaba completamente segura que funcionaba exactamente igual para despejarse que lavarse la cara por las mañanas.  La camiseta que usaba para dormir (Adquirida del armario del último chico con él que había estado) no tapaba por completo mi trasero, me lo miré a través del espejo y luego abriendo los ojos dirigí la mirada hacia la ventana. Menos mal, la cortina estaba corrida, aunque por un momento pensé que quizás se viera a través de ella, ya que un chico me miraba desde la terraza de su piso, colocada al otro lado de la tele. Le sonreí, aún sabiendo que no me veía y después miré al reloj. Tenía que darme prisa si quería llegar al trabajo; las carteras deben ser puntuales en la entrega de las cartas y paquetes.

Corrí al baño, me lavé la cara (despejándome por segunda vez), me hice una trenza en plan Lara Croft y me puse el traje azul con algunas partes en amarillo.

Repartí las primeras cartas con mucha energía, ya que el calor aún no había empezado a ser sofocante, pero la sensación no duró mucho. Comencé a ponerme nerviosa, me estaba acercando  a la casa del hombre que se había acostumbrado a esperarme en la puerta.

Me bajé un poco el escote, como si el niqui del uniforme pudiese dejar ver parte de mi escote. Paré en dos portales más antes de llegar al suyo y entonces allí estaba él, apoyado en el marco de la puerta. Llevaba una pequeña camiseta de color azul, que se ajustaba a sus marcados músculos. Un pantalón corto vaquero adornaba sus piernas. Jugaba con las llaves entre sus dedos, mientras me miraba de arriba abajo, provocándome.

-Buenos días guapa. Hoy estas espectacular…

-Hola- saqué las cartas con su nombre y se las entregué- aquí tienes Fernando- le sonreí con dulzura.

Tocó mi mano con sus dedos y dejó algo posado entre ellos. Solté las cartas y me preparé para irme.

-Mañana nos vemos- me dijo como cada mañana, antes de que comenzara a caminar.

-Mañana es sábado- dije sintiendo que tenía ganas de verme otra vez.

-No importa, mañana nos veremos- se metió dentro de casa sin decir nada más.

Miré hacia mis dedos y descubrí que había colocado un pequeño papel. Lo abrí y lo leí:

Mañana estaré en mi puerta, apoyado sobre el marco de esta mirando hacia el fondo de la calle, esperando que la chica que me ronda la cabeza camine por ella dirección a mí. Ven hasta mi puerta y yo seré quién te entregue algo.

Sonreí mientras pensaba que ropa me pondría para sorprender, como cada sábado, a mi encantador marido.